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A 35 años de reportear el aluvión de Antofagasta
Wilfredo Santoro Cerda
Alguna vez prometí que lo contaría. Hoy lo haré. Ahora que se cumplen 35 años del aluvión de Antofagasta. Evento catastrófico que me tocó cubrir desde el momento en que cayó la primera gota de agua.
El 17 de junio de 1991 fue lunes. Tal día me correspondía –por calendario- desempeñar el rol de periodista de turno en el diario “La Estrella del Norte”. Eso significaba que debía quedarme cuando el diario cerraba –tipo 22 horas- hasta que era armado definitivamente y despachado a prensa. Eso ocurría normalmente cerca de las 2 de la mañana. En el intertanto debía estar atento a alguna noticia de último minuto o reparar errores que pudieran detectar los correctores de pruebas.
Estaba en la sala de redacción cuando sonó el teléfono. Era de parte del Director, Roberto Retamal Pacheco. Me anunciaba que estaba lloviznado y que hiciera una nota. Salí hacia la calle para verificar que caía agua en el sector y escribí una columna… casi festiva.
Cerca de la 1 de la mañana del martes 18… el diluvio se había desatado. Bajando por la escalera veía por el ventanal un espectáculo para mí inaudito. El agua salía por una alcantarilla ubicada en medio de la acera. Mantenía “flotando” una pesada tapa de cemento.
COMIENZA A DEVELARSE EL DRAMA
A las 2 de la mañana dimos por terminada nuestra labor. Tomamos el móvil, un auto al servicio del diario, manejado por su propietario: Víctor Soza. Íbamos tres personas y recién pudimos advertir la magnitud del evento. En el sector central vimos varias mujeres –muchas de edad- que en enaguas y desplazado el pudor, luchaban con puertas trabadas y con lágrimas que caían de sus ojos.
Cerca del antiguo Hospital –avenida Argentina- vimos un vehículo militar con orugas. Hasta hoy juro que era un tanque, pero no le encuentro sentido. Las calles estaban llenas de barro que se desplazaba… arrastrando trozos de madera y todo tipo de objetos.
Al llegar a una esquina el auto bajó la velocidad. Una de las personas gritó “no te vayas a detener Soza…” justo en el momento que eso ocurría. Entonces el vehículo comenzó a hundirse. Nos quedamos un minuto allí. Silenciosos. Sin saber qué hacer. Soza abrió la puerta del vehículo y salimos. El barro nos llegaba sobre las rodillas. Tuvimos que empujar el auto hacia un punto más alto y desde allí volver al diario, cuidando de no detenernos nunca.
De vuelta se hizo evidente que estábamos sin posibilidades de locomoción. La lluvia era intermitente. En algún instante salimos a las puertas del diario. En ese momento llegó por calle “21 de Mayo” una pareja que a nosotros nos pareció eran gente en condición de calle o estaban drogados. Venían todos mojados, embarrados, con zapatos diferentes en cada pie. Y estaban en estado de shock.
APARECEN LOS PROTAGONISTAS
Era un hombre de mediana edad y ella un poco más joven. “Allá arriba quedó la cag.. el cerro se vino abajo… hay cualquier muerto” dijo la mujer. “El barro se llevó a la familia de ella… nosotros apenas pudimos arrancar”. “¡Ayúdenlos! gritó la mujer, mientras reemprendía la carrera calle abajo.
A esas alturas nosotros no éramos capaces de dimensionar la magnitud de la tragedia. A las 4 de la mañana se tomó la decisión que cada uno se fuera a casa por sus propios medios. No existía otra opción. Yo enfilé rumbó a calle Calbuco, en las cercanías de la Feria “Prat”.
Al llegar a avenida Cautín –actual Rendic- el panorama era apocalíptico. Luces rojas y blancas giraban intermitentes, por la presencia de carros de bomberos. El barro había cubierto las casas. Las personas se desplazaban hacia afuera por las ventanas.
UNA CALLE QUE SE HIZO RÍO
En una de las casas encontré a un amigo: Ciro Morales. Me acerqué hacia él con una especie de alegría. Sentir que en ese infierno había una persona muy cercana. Se hallaba sentado en el marco de la ventana, que estaba a la altura del barro. Fumaba con una tranquilidad sobrecogedora y parecía no verme.
Luego comenzó a hablar, como si nada hubiese pasado. “Vine a descansar un momento. La calle que baja se transformó en un verdadero río. De repente vimos que arrastraba cuerpos. Alguien llegó con una cuerda y comenzamos a sacarlos. Los que estaban vivos los apilábamos en un lado y los muertos… en otro”.
También me pareció que mi amigo estaba bajo shock.
Seguí en mi camino al norte. Por allí me topé con otra persona que iba en la misma dirección. Usaba una especie de varilla para ir tanteando el terreno. Caminamos juntos intercambiando algunas impresiones. De repente de una casa sentimos unos golpes. “Veamos qué pasa” dijo mi nuevo amigo.
Nos acercamos y sentimos la voz de una mujer, que decía no poder salir… mientras golpeaba desesperadamente la puerta. Curiosamente era una puerta metálica… como de almacén… forcejeamos un poco hasta que logramos entreabrirla. Luego manipulamos algo que destrabó algo la puerta, permitiendo que la persona apenas saliera. Nos agradeció desde dentro. Era una señora de edad “tengo a mi marido enfermo en cama” dijo… mientras sentimos que pasaba un vehículo de emergencia. Lo alertamos de la situación y seguimos nuestro camino.
Pocas cuadras más adelante mi “amigo” tomó dirección hacia arriba y continué solo. Llegué a las 6 de la mañana a mi casa. Mi esposa estaba levantada. ¿Les pasó algo? pregunté alarmado. ¡Claro! dijo Violeta. “Había una gotera y empezó a caer agua. Menos mal que desperté y pude colocarle un balde”.
“Pero eso no es nada –le repliqué- hubo una tremenda lluvia… hay muertos”. ¿Muertos? dijo ella… ay… tu siempre tan exagerado.

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